Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Sí…, sí…, quizá… es una buena idea… A condición de que ellos lleguen a tiempo.

Raimunda buscó junto a su cama el timbre eléctrico y apretó el botón con un dedo. Allá arriba vibró el timbre, y las dos jóvenes sintieron la impresión de que abajo debía de haberse escuchado claramente el sonido.

Esperaron. El silencio se hacía espantoso, y la brisa había dejado de agitar las hojas de los arbustos.

—Tengo miedo…, tengo miedo… —repetía Susana.

Y de repente, en la noche profunda, por encima de ella, estalló un ruido de lucha con estrépito de muebles derribados, exclamaciones, y luego, horrible y siniestro, se escuchó un gemido ronco, los estertores de alguien que está siendo estrangulado…

Raimunda saltó hacia la puerta. Susana se aferró desesperadamente a su brazo.

—No…, no me dejes sola… tengo miedo.


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