Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Con el dedo apuntando hacia las ruinas dibujaba en el aire un pequeño círculo que disminuía poco a poco hasta no ser ya más que un punto. Y ese punto los dos acompañantes lo buscaban tenazmente, ambos inclinados sobre el espacio y emocionados por la misma fe que animaba a Beautrelet y temblorosos por la ardiente convicción que aquél les había impuesto. Sí, Arsenio Lupin estaba allí. Tanto en teoría como en la realidad estaba allí y ni uno ni otro podían ya dudarlo.
Y había algo trágico y de impresionante en saber que, en algún refugio tenebroso, yacía sobre el propio suelo, sin socorro, febril, agotado, el célebre aventurero.
—¿Y si muriese? —dijo el señor Filleul en voz baja.
—Si muere —respondió Beautrelet—, una vez que sus cómplices tengan la certidumbre de ello, vele usted por la seguridad de la señorita de Saint-Véran, señor juez, pues la venganza será terrible.
Unos minutos más tarde, y a pesar de los ruegos del señor Filleul, a quien hubiera agradado conservar para sí este prestigioso auxiliar, Beautrelet, cuyas vacaciones terminaban ese mismo día, tomaba de nuevo el camino de Dieppe, llegaba a París a las cinco de la tarde y a las ocho penetraba, al mismo tiempo que sus condiscípulos, por la puerta del instituto.