Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—No temas nada…, no estoy herido… Y Daval, ¿está vivo? ¿Y el cuchillo…, el cuchillo?

En ese momento llegaron dos criados con lámparas. Raimunda se arrojó ante el otro cuerpo tendido en el suelo y reconoció a Juan Daval, el secretario y hombre de confianza del conde. Su rostro tenía ya la palidez de la muerte.

Entonces la joven se irguió, volvió al salón, y de una panoplia adosada a la pared tomó una escopeta que sabía estaba cargada y corrió al balcón. Verdaderamente no hacía más de cincuenta segundos que el individuo había puesto el pie sobre el primer peldaño de la escala adosada a la fachada. Por consiguiente, no podía estar muy lejos de allí, tanto más cuanto que una vez abajo había tenido la precaución de apartar la escala del balcón para que nadie más pudiese servirse de ella. En efecto, la joven percibió en seguida al individuo que iba bordeando las ruinas del antiguo claustro. Raimunda se echó el arma a la cara, apuntó tranquilamente e hizo fuego. El hombre cayó.

—¡Ya está!… ¡Ya está!… —gritó uno de los criados—. Ya tenemos a ése. Voy allá.

—No, Víctor, ya se está poniendo en pie otra vez… Baje por la escalera y diríjase a la puerta pequeña. Sólo puede escapar por allí.


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