Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca VÃctor se apresuró, pero antes ya de que llegara al parque, el hombre habÃa vuelto a caer. Raimunda llamó al otro criado.
—Alberto, ¿lo ve usted allà abajo…, cerca del arco grande?
—SÃ… Está arrastrándose por la hierba…, está perdido…
—VigÃlelo desde aquÃ.
—No tiene medio de escapar. A la derecha de las ruinas está el césped descubierto…
—Y VÃctor guarda la puerta a la izquierda —dijo ella, empuñando de nuevo la escopeta.
—No vaya usted, señorita.
—SÃ, sà —replicó ella con acento resuelto y gesto brusco—. Déjeme…, me queda otro cartucho… Si se mueve…
Salió. Unos momentos después, Alberto la vio dirigiéndose hacia las ruinas. El criado le gritó desde la ventana:
—Se ha arrastrado por detrás del arco. Ya no lo veo más… Cuidado, señorita.