Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Fue efectivamente a él, señor conde —afirmó Beautrelet—. Fue él, sin duda alguna, quien cayó en las ruinas vÃctima del proyectil disparado por la señorita de Saint-Véran; fue él al que vieron levantarse de nuevo y que cayó una vez, y que se arrastró hacia la arcada grande para levantarse una última vez…, y eso por un milagro sobre el cual les daré a ustedes la explicación dentro de un rato…, y conseguir llegar a ese refugio de piedra que habrÃa de ser su tumba.
Y con su bastón, el joven golpeó el piso de la capilla.
—¿Cómo? ¿Qué? —exclamó el señor Filleul, estupefacto—. ¿Su tumba?… ¿Cree usted que este escondrijo impenetrable…?
—SÃ, se encuentra aquÃ…, allÃ… —repitió el joven.
—Pero si nosotros lo registramos…
—Lo registraron mal.
—Aquà no hay escondrijo —protestó el señor de Gesvres—. Yo conozco la capilla.