Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Uno no se exalta nunca demasiado cuando se trata de semejantes individuos. Todo lo que sobrepasa lo mediano merece ser admirado. Y eso destaca por encima de todo. En este robo hay una riqueza de concepción, una fuerza, una potencia, una habilidad que me dan escalofrÃos.
—Es una pena que se haya muerto —dijo con sorna el señor Filleul—. De no haber ocurrido asà hubiera acabado robando las torres de Notre-Dame de ParÃs.
Isidoro se encogió de hombros, y replicó:
—No se rÃa usted, señor. Incluso muerto, esto desconcierta.
—Yo no digo que no…, señor Beautrelet, y confieso que no es sin cierta emoción que me dispongo a contemplarlo…, en el caso de que sus camaradas no hayan hecho desaparecer el cadáver.
—Y admitiendo, sobre todo —observó el conde de Gesvres—, que fue efectivamente a él a quien hirió mi pobre sobrina.