Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿Cómo? ¿Qué dice usted? —gritó el señor Filleul al propio tiempo que desarmaba al conde.

—Unas joyas falsas…, puro cartón piedra.

—¡Ah! ¿Cómo es posible?…

—Cosas infladas, vacías, nada.

El conde se agachó y recogió uno de los pedazos de una estatuilla.

—Mire usted bien, señor conde…, yeso…, yeso patinado, enmohecido, enverdecido como si fuera piedra antigua…, pero sólo yeso, moldes de yeso…, eso es todo lo que queda de esas puras obras maestras… Ahí está lo que hicieron en pocos días…, ahí está lo que el señor Charpenais, el copista de Rubens, preparó hace un año.

El joven agarró del brazo al señor Filleul y le dijo:

—¿Qué opina usted, señor juez de instrucción? ¿Es hermoso? ¿Es enorme? ¿Gigantesco? ¡La capilla ha sido robada! ¡Toda una capilla gótica robada piedra por piedra! ¡Todo un pueblo de estatuillas desvalijado y sustituido por figurillas de estuco! ¡Uno de los más magníficos ejemplares de una época de arte incomparable, confiscado! ¡En suma, la Capilla Divina robada! ¿Acaso no se trata de algo formidable? ¡Ah, señor juez de instrucción, qué genial es este hombre!

—Se exalta usted, señor Beautrelet.


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