Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Beautrelet tenÃa un bastón en la mano; un bastón grueso y nudoso. Bruscamente, con el bastón, hizo saltar en pedazos una de las estatuillas que ornaban el portal de la capilla.
—Pero ¿está usted loco? —exclamó Filleul fuera de sÃ, precipitándose hacia los pedazos de la estatuilla—. Usted está loco. Este antiguo santo era admirable…
—¡Admirable! —replicó Isidoro haciendo un molinete que echó abajo la estatuilla de una virgen.
El señor Filleul se arrojó sobre el joven y lo sujetó en un cuerpo a cuerpo.
—Joven, yo no le dejaré a usted cometer…
TodavÃa tiró también un rey mago, y después el pesebre de Navidad…
—Si hace usted un movimiento más, disparo.
Era el conde de Gesvres, que se habÃa presentado armado de su revólver.
Beautrelet rompió a reÃr…
—Tire usted, señor conde…, tire como en un tiro al blanco en la feria… Mire… esta figura que lleva su cabeza en las manos…
Un San Juan Bautista saltó a su vez en pedazos.
—¡Ah! —exclamó el conde, esgrimiendo su revólver—. ¡Qué profanación! Unas obras maestras como éstas…
—Unas joyas falsas, señor conde.