Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —SÃ. Hay una frase que siempre me ha intrigado. Es ésta: «Al enviar los cuadros unirá usted a ello el resto, si logra conseguirlo, cosa que yo dudo mucho».
—En efecto, recuerdo eso.
—¿Qué era ese resto? ¿Un objeto de arte, una curiosidad? El castillo no ofrecÃa nada de precioso, salvo los Rubens y los tapices. Entonces ¿qué era? Y, por otra parte, ¿podÃa admitirse que una persona como Lupin, de una habilidad tan prodigiosa, no hubiera podido lograr unir al envÃo ese resto que le habÃan, evidentemente, propuesto? Empresa difÃcil, es probable, excepcional, sea; pero posible, y, por tanto, segura, puesto que Lupin lo querÃa asÃ.
—No obstante, ha fracasado: nada desapareció.
—SÃ, los Rubens…, pero…
—Los Rubens y otra cosa…, alguna cosa que han sustituido por otra idéntica, igual que hicieron con los Rubens; alguna cosa más extraordinaria, más rara y más preciosa que los propios Rubens.
—Pero, en fin, ¿qué? Me intriga usted.
Caminando entre las ruinas, los dos hombres se habÃan dirigido hacia la puerta pequeña y bordeaban la Capilla Divina.
Beautrelet se detuvo y dijo:
—¿Quiere usted saberlo, señor juez de instrucción?
—¿Que si lo quiero?