Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Eran las nueve. Se paseó entre las ruinas y luego se tendió cerca de la arcada y cerró los ojos.
—Muy bien, joven. ¿Está usted satisfecho de su campaña?
Era el señor Filleul, que llegaba a la hora fijada.
—Encantado, señor juez de instrucción.
—¿Lo cual quiere decir…?
—Lo cual quiere decir que estoy dispuesto a cumplir mi promesa, a pesar de esta carta, que no me entusiasma nada.
Le mostró la carta al señor Filleul.
—¡Bah! ¡Tonterías! —exclamó el juez—. Espero que esto no le impedirá a usted…
—¿El decirle lo que yo sé? No, señor juez de instrucción. Yo hice una promesa y la cumpliré. Antes de diez minutos sabremos… una parte de la verdad.
—¿Una parte?
—Sí; porque conforme a lo que yo pienso, el escondrijo de Lupin no constituye todo el problema. Y después ya veremos.
—Señor Beautrelet, nada me sorprende por parte de usted. Pero ¿cómo ha podido descubrir usted…?
—¡Oh! En forma muy natural. En la carta del señor Harlington al señor Esteban de Vaudreix, o más bien a Lupin, hay…
—¿La carta interceptada?