Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Ya lo creo que los conocÃa. Era la sexta vez que yo trabajaba para ellos.
Isidoro se estremeció.
—¿Dice usted que era la sexta vez?… ¿Y desde cuándo?
—¡Pues desde todos los dÃas antes de eso, pardiez! Pero entonces eran otros aparatos…, grandes bloques de piedra…, o bien más pequeños y bastante largos, que ellos habÃan envuelto y que transportaban con un cuidado como si fueran cosas sagradas. ¡Ah! No habÃa que tocar aquellas cosas… Pero ¿qué le pasa a usted? Está usted muy pálido.
—No es nada…, es el calor…
Beautrelet salió titubeante. La alegrÃa, lo imprevisto del descubrimiento, lo habÃan aturdido.
Se volvió tranquilamente por su camino y durmió esa noche en la aldea de Varengeville. Al dÃa siguiente por la mañana pasó una hora en la AlcaldÃa con el maestro del lugar y luego regresó al castillo. Allà encontró una carta esperándole, recomendada «a los buenos cuidados del señor conde de Gesvres».
La carta contenÃa estas lÃneas:
«Segunda advertencia. Cállate. Si no…».
«Vamos —se dijo—. Va a ser preciso adoptar algunas precauciones para mi seguridad personal. Si no, como ellos dicen…»