Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —No. La descargaron sobre una especie de barca plana, una chalana, como le dicen, que estaba amarrada al muelle.
—Y esa carreta ¿de dónde venÃa?
—¡Oh! Yo la reconocà perfectamente. Era la del señor Vatinel, el carretero.
—¿Y dónde vive?
—En el caserÃo de Louvetot.
Beautrelet estudió su plano de estado mayor. El caserÃo se hallaba situado en el cruce de la carretera de Yvetot a Caudebec con otra pequeña carretera tortuosa que llegaba a través de los bosques hasta Mailleraie.
No fue sino a las seis de la tarde cuando Isidoro logró descubrir en una taberna al carretero Vatinel, uno de esos viejos normandos, ladinos, que se mantienen siempre en guardia, que desconfÃan de los extraños, pero que, en cambio, no saben resistirse a la atracción de una moneda de oro y a la influencia de unas copas de licor.
—SÃ, señor; esa mañana los individuos del automóvil me habÃan dado cita a las cinco en la encrucijada. Me entregaron cuatro grandes aparatos asà de altos. Hubo uno de ellos que me acompañó. Y llevamos esas cosas hasta la chalana.
—Usted habla de ellos como si los conociera de antes.