Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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Todos los días se limitaba concienzudamente a confeccionar los sobres para los cuales todas las mañanas le entregaban los materiales necesarios en paquetes numerados, y que le recogían cada noche doblados y encolados.

Pero la distribución de paquetes numerados se realizaba siempre de la misma manera entre los detenidos que habían escogido esa clase de trabajo, y así, inevitablemente, el paquete que le entregaban a Lupin tenía que llevar cada día el mismo número de orden.

Contorme a la experiencia, el cálculo resultaba justo. No quedaba más que sobornar a uno de los empleados de la empresa particular a la cual estaba confiado el suministro y la expedición de los sobres.

Y eso resultó fácil.

Lupin, seguro del éxito, esperaba, pues, tranquilamente la señal convenida entre sus amigos y él, y que apareció marcada sobre la hoja superior del paquete.

A la vez, el tiempo se deslizaba rápidamente. Hacia el mediodía recibía la visita cotidiana del señor Formerie, y en presencia del abogado Quimbel, testigo taciturno, Lupin sufría un estrecho interrogatorio.


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