Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Lupin conoció entonces las horas más dolorosas de su vida. Dudó de sà mismo. Se preguntó si su existencia no acabarÃa enterrándose en los horrores del presidio.
¿No se habrÃa equivocado en sus cálculos? ¿Acaso no era infantil creer que en una fecha fija se producirÃa el acontecimiento liberador?
«¡Locura! – se decÃa-. Mi razonamiento es falso… ¿Cómo admitir semejante coincidencia de circunstancias? SobrevendrÃa algún pequeño hecho que lo destruirÃa todo… El grano de arena…»
La muerte de Steinweg y la desaparición de los documentos que el anciano deberÃa haberle enviado, no le turbaban en absoluto. En cuanto a los documentos le hubiera sido posible, en último extremo, prescindir de ellos, y con las pocas palabras que le habÃa dicho Steinweg, podrÃa, a fuerza de adivinar y de genio, reconstruir lo que contenÃan las cartas del emperador y trazar el plan de batalla que le proporcionarÃa la victoria. Pero pensaba en Herlock Sholmes, que estaba allá, en el propio centro del campo de batalla y que buscaba y encontrarÃa las cartas, demoliendo asà el edificio tan pacientemente levantado por Lupin.