Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Por la tarde deambuló lentamente y desanimado, y así llegó la noche… La noche tenebrosa de las celdas… Tenía fiebre. Su corazón se agitaba en su pecho como una bestia enloquecida.
Y los minutos pasaban irreparables… A las nueve, nada. A las diez, nada.
Con todos sus nervios tensos como las cuerdas de un arco de violín, escuchaba los ruidos confusos de la prisión y trataba de alcanzar, a través de sus muros inexorables, todo cuanto podía traspasarlos procedente de la vida exterior.
¡Oh, cómo hubiera querido detener la marcha, del tiempo y dejarle al Destino un poco más de ocio!
Pero ¿de qué serviría? ¿Acaso no había terminado todo?
–¡Ah!, me vuelvo loco -exclamó-. Que se acabe todo esto… Vale más así. Volveré a comenzar de otro modo… Intentaré otras cosas… Pero ya no puedo más.