Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –¡Oh, Dios santo! No se trata de gran cosa. Usted ha obtenido la libertad bajo la condición de entregarme unos documentos que me interesan, y resulta que usted no tiene la menor idea del lugar dónde aquéllos se encuentran. Entonces, como dicen ustedes los franceses, usted me ha enrollado…, engañado.
–¿Cree usted, señor?
–Claro, porque aquello que se sabe no se busca, y he aquí qué hace diez horas largas que usted busca. ¿No cree que un regreso inmediato a la prisión es lo que procede?
Lupin pareció estupefacto, y dijo:
–¿Acaso su majestad no ha fijado el mediodía de mañana como límite supremo?
–¿Para qué esperar?
–¿Para qué? Para permitirme acabar mi obra.
–¿Su obra? Pero ni siquiera ha comenzado, señor Lupin.
–En eso, su majestad se equivoca.