Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Afuera, los guardias municipales reciben el objeto y lo insertan en una de las secciones de la cesta de ensalada, como en París se llama a los coches celulares. Esa es la costumbre. Con Lupin se hicieron excepciones.
Se desconfió de ese paseo a lo largo de los pasillos. Se desconfió del coche celular. Se desconfió de todo.
El señor Weber acudió personalmente acompañado de doce agentes -los mejores de estos hombres, escogidos y armados hasta los dientes-; recogió al temible prisionero en el umbral de su celda y le condujo en un automóvil cuyo chófer era uno de sus hombres. A la derecha e izquierda, por delante y por detrás, iban guardias municipales a caballo.
–¡Magnífico! – exclamó Lupin-. Tienen ustedes para mí consideraciones que me emocionan. Nada menos que guardia de honor. ¡Diablos!, Weber, estás dotado del sentido de la jerarquía. No olvidas los honores que debes a tu jefe inmediato.
Dándole una palmada en el hombro, añadió: