Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –Quizá…, en efecto… -dijo aprobatoriamente Waldemar. – Evidentemente. Está explotando ciertas extrañas coincidencias, pero él no sabe nada, y su historia sobre las monedas de oro y el narcótico son puras invenciones. Si continuamos prestándonos a ese pequeño juego, se nos va a escapar de las manos. Tu automóvil, Waldemar.
El conde dio las órdenes y regresó. Lupin no se habÃa despertado. El emperador, que inspeccionaba las salas, le dijo a Waldeman -Esta es la sala de Minerva, ¿no es asÃ? – SÃ, señor.
–Pero, entonces, ¿por qué figura esa N en dos lugares? En efecto, habÃa dos enes, una encima de la chimenea y otra encima de un antiguo reloj, incrustado en la pared medio demolida, y del cual se veÃa el complicado mecanismo, asà como los pesos inertes colgando al extremo de sus cuerdas.
–Esas dos enes… -dijo Waldemar.
El emperador no escuchó la respuesta. Lupin se habÃa movido nuevamente, abrió los ojos y articuló unas palabras ininteligibles. Se levantó, caminó a lo ancho de la estancia y luego volvió a caer en su asiento, extenuado.