Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–¡Bah, quién sabe! Siempre tuve el presentimiento de que ese monstruo me traería mala suerte.

A partir de ese momento se trataba, por así decir, de vigilar la vida de Malreich, de modo que ninguno de sus actos pasasen ignorados.

La vida de Malreich, según las gentes que vivían en el barrio y entre las cuales indagó Doudeville, era de lo más extraño. El individuo del Pabellón, cual llamaban a aquella vivienda, hacía solamente algunos meses que habitaba allí. No se trataba con nadie ni recibía visita alguna. No se sabía que tuviese ningún criado. Y las ventanas, aun estando abiertas de par en par, incluso durante la noche, revelaban en el interior una completa oscuridad, que nunca iluminaba ni siquiera la claridad de una vela o de una lámpara.

Por lo demás, generalmente León Massier salía al declinar el día y regresaba muy tarde, al alba, según manifestaban algunas personas que se habían encontrado con él al salir el sol.

–¿Y saben esas personas lo que hace? – preguntó Lupin a su compañero, cuando éste se reunió a él.


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