Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Se armó de paciencia y esperó diez minutos, veinte minutos. Pasada media hora de las doce, todavía no había llegado nadie. Y un retraso así se hacía peligroso. Después de todo, si Doudeville y sus amigos no habían podido venir, entonces Charoláis, su hijo y el propio Lupin, según pensaba éste, bastarían para rechazar el ataque, y esto sin contar con la ayuda de los criados de la casa.
Avanzó, pues. Pero surgieron dos hombres que intentaban disimularse en las sombras de una hondonada
«¡Caray! – se dijo Lupin-. Ésta es la vanguardia de la banda. Diosdado y el Mofletudo. Me he dejado distanciar estúpidamente.»
Todavía perdió algún tiempo. ¿Caminaría derecho hacia ellos para ponerlos fuera de combate y penetrar en seguida en la casa, por la ventana de la despensa, que sabía que se encontraba despejada? Ésta era la iniciativa más prudente, pues le permitiría, además, llevarse en seguida a la señora Kesselbach y ponerla a salvo.