Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin «Una carga de momias en su salsa -dijo con sarcasmo-. Un suculento plato de carne para un buen gastrónomo. Pedazos de idiotas, ¿cómo echasteis vuestras cuentas? Ahí estáis como si se tratara de un puñado de ahogados en un depósito de cadáveres… ¿Es así como se ataca a Lupin…, Lupin, defensor de viudas y huérfanos?… ¿Tembláis? Disteis un paso en falso, corderitos míos. Lupin jamás le hizo daño ni a una mosca… Pero Lupin es un hombre honrado, a quien no le agradan los canallas, y Lupin conoce sus deberes. Veamos, ¿es que acaso se puede vivir con unos ganapanes como vosotros? ¿Es que ya no hay respeto por la vida del prójimo? ¿No hay respeto para la vida de los demás, ni leyes, ni soledad, ni conciencia, ni nada? ¡Oh, Dios! ¿Adonde vamos a parar?»
Sin siquiera molestarse en encerrarlos, salió de la estancia, llegó a la calle y echó a andar hasta que llegó al auto de alquiler que le esperaba. Envió al chófer a buscar otro coche y reunió ambos delante de la casa de la señora Kesselbach.