Los tres crimenes de Arsene Lupin

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Y fue Lupin quien trastornado, espantado, perdió la cabeza. Tendió al hombre, le acostó sobre la cama, le envolvió en las ropas, le apresó dentro de las mantas y le mantuvo así sujeto bajo su rodilla como una presa…, sin que el otro hubiera intentado el menor ademán de resistencia.

«¡Ah! – exclamó Lupin, embriagado de alegría y de odio contenido-. Al fin te he aplastado, bestia odiosa. Al fin, yo soy el amo…»

Escuchó ruido fuera, en la calle Delaizement, producido por unos golpes descargados sobre la verja. Se precipitó hacia la ventana, y desde ella gritó:

–Eres tú, Weber. Ya. Muy oportuno. Eres un servidor modelo. Cierra la puerta de la verja y corre…, serás bien venido.

En breves minutos, Lupin registró las ropas del prisionero, se apoderó de su cartera, se adueñó de sus papeles que pudo encontrar en los cajones de la mesa y del bufete, los colocó sobre la mesa y los examinó.

Lanzó un grito de alegría: el paquete de cartas estaba allí…, el paquete de las famosas cartas que él había prometido entregarle al emperador.


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