Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Y todo aquello aparecía inmóvil, a cinco pasos de él… ¿Quién hubiera podido decir si aquel rostro inerte, si aquel rostro de muerto revelaba la más nimia inquietud?
Lupin avanzó un paso, luego otro, después otro más.
El hombre no se movía en absoluto.
¿Veía? ¿Comprendía? Se hubiera dicho que sus ojos miraban al vacío; Lupin se creía obsesionado por una alucinación, más bien que sorprendido por una imagen real.
Todavía un paso más…
«Va a defenderse -pensó Lupin-. Es preciso que se defienda»
Lupin adelantó un brazo hacia él.
El hombre no hizo gesto alguno ni retrocedió un milímetro. Sus párpados se mantenían inmóviles. Se produjo el contacto.