Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Depositó sobre un peldaño sus dos revólveres.
«Nada de armas -se dijo-. Solamente mis manos…, nada más que el esfuerzo de mis dos manos…, eso bastará, vale más así.»
Frente a él había tres puertas. Escogió la de en medio e hizo girar la cerradura. Ningún obstáculo. Entró.
No había luz alguna en aquella estancia, pero, por la ventana abierta de par en par, penetraba la claridad de la noche, y en la noche percibió las ropas y las cortinas blancas de una cama.
Y allí… alguien se estaba incorporando.
Bruscamente lanzó sobre aquella silueta el chorro de luz de su linterna.
¡Malreich!
El rostro amarillento de Malreich, sus ojos sombríos, sus pómulos de cadáver, su cuello descarnado…