Los tres crimenes de Arsene Lupin

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Por lo demás, salvo en lo que concernía a su identidad, Malreich no se defendió en absoluto, aplastado, sin duda, por la acumulación de pruebas que se presentaban contra él. ¿Qué podía decir él? La Justicia poseía cuarenta notas y cartas escritas de su puño y letra -conforme se demostró con la comparación de la escritura- y dirigidas a su banda y a sus cómplices, y las cuales había omitido destruir después de haberlas recuperado.

Todas estas cartas y notas eran órdenes referentes al asunto Kesselbach, el secuestro del señor Lenormand y de Gourel, la persecución del viejo Steinwer, la construcción de los subterráneos de Garches, etcétera. ¿Era posible negar todo eso?

Una cosa bastante extraña desconcertaba a la Justicia. Careados con su jefe, los siete bandidos afirmaron todos ellos que no le conocían en absoluto. Jamás le habían visto. Recibían las instrucciones ya sea por teléfono o bien en las sombras, por medio, precisamente, de aquellas cartas y notas que Malreich les entregaba rápidamente, sin pronunciar palabra.


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