Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Era un rostro de cera que no veía nada, que no oía nada. Constituía una espantosa visión de calma e impasibilidad. La concurrencia se estremecía Las imaginaciones alocadas evocaban más bien que a un hombre, a una especie de ser sobrenatural, un genio de las leyendas orientales, uno de esos dioses de la India que son el símbolo de todo cuanto existe de feroz, cruel, sanguinario y destructor.
En cuanto a los otros bandidos, las personas del público ni siquiera los miraban, considerándolos como insignificantes comparsas que se perdían en la sombra de aquel jefe desmesurado.
El testimonio más emocionante fue el de la señora Kesselbach. Ante la sorpresa de todos, y hasta del propio Lupin, Dolores, que no había respondido a ninguna de las citaciones del juez y cuyo retiro todos ignoraban, apareció en doliente viuda para aportar un testimonio irrecusable contra el asesino de su marido.
Dolores, después de haber mirado al asesino largo tiempo, dijo sencillamente: