Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Para Lupin constituyó un dolor profundo, agudo, cual si hubiera sido herido en la propia entraña de su vida… Un dolor tan fuerte, que experimentó -y esto por primera vez- la visión clara de lo que Dolores había venido a ser para él, poco a poco y sin que tuviera conciencia de ello.
Pedro Leduc amaba a Dolores y la miraba como se mira a aquella a quien se ama.
Lupin sintió en sí, cegado, enloquecido, el instinto del asesino. Aquella mirada…, aquella mirada de amor que se posaba sobre la joven viuda…, aquella mirada le enfurecía. Tenía la impresión del gran silencio que envolvía a la mujer y al joven, y en ese silencio, en la inmovilidad de las actitudes, lo único viviente era esa mirada de amor, aquel himno mudo y voluptuoso mediante el cual sus ojos proclamaban toda la pasión, todo el deseo, todo el entusiasmo, todo el impulso de un ser hacia otro.