Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Rompió a reír, saltó detrás de un grupo de árboles que se erguían a la izquierda de la avenida y apresuró el paso a lo largo de espesos macizos. De este modo llegó al castillo sin que nadie pudiera verle desde las ventanas del salón o de las principales habitaciones.
Su deseo era ver a Dolores antes que ésta le viese a él, y, lo mismo que había hecho con Genoveva, pronunció el nombre de Dolores varias veces, pero con una emoción que a él mismo le sorprendía.
–Dolores…, Dolores.
Furtivamente, siguió por los pasillos y llegó al comedor. Desde éste, a través de una puerta de cristales, podía visitar la mitad del salón.
Se acercó.
Dolores estaba tendida sobre una otomana, y Pedro Leduc, de rodillas ante ella, la contemplaba con aire extasiado.