Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –¡Oh, Dolores!… ¡Dolores!…
Inmediatamente comprendió la excusa: la locura.
Estaba loca. La hermana de Altenheim, de Isilda, la hija de los últimos Malreich, la hija de la madre loca y del padre alcoholizado, estaba también loca. Una loca extraña, una loca con toda la apariencia de la razón, pero, no obstante, loca, desequilibrada, enferma, degenerada, verdaderamente monstruosa.
Lo pensó y comprendió asà con toda certidumbre. Era la locura del crimen. Bajo la obsesión de un objetivo hacia el cual ella caminaba automáticamente, mataba, ávida de sangre, inconsciente e infernal.
Mataba porque querÃa algo, mataba para defenderse, mataba para ocultar que habÃa matado. Pero mataba también, y sobre todo, por matar. La asesina satisfacÃa en sà apetitos súbitos e irresistibles. En ciertos instantes de su vida, en determinadas circunstancias, frente a un ser determinado y convertido súbitamente en adversario, era preciso que su brazo golpeara. Golpeaba embriagada de rabia, ferozmente, frenéticamente.