Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Regresó al chalet ya tranquilizado, entró, se subió a una banqueta y cortó la cuerda de la que pendÃa el cadáver de Pedro Leduc.
–¡Pobre diablo! – dijo Lupin-. TenÃas que acabar asÃ, con una corbata de cuerda al cuello. Desgraciadamente, no estabas hecho para la grandeza… Yo debÃa haber previsto esto y no haber ligado mi suerte a un fabricante de rimas.
Registró las ropas del joven y no encontró nada. Pero recordando la otra cartera de Dolores, la tomó del bolsillo de aquélla, donde él la habÃa dejado.
Hizo un movimiento de sorpresa. La cartera contenÃa un paquete de cartas cuyo aspecto le era familiar y en las que reconoció inmediatamente las diversas clases de letra.
–Las cartas del emperador -murmuró Lupin-. Las cartas del viejo canciller… Todo el paquete que recuperé yo mismo en casa de León Massier y que le entregué al conde Waldemar… ¿Cómo es esto posible?… ¿Acaso ella volvió a apoderarse, a su vez, de esas cartas quitándoselas al cretino de Waldemar?