Los tres crimenes de Arsene Lupin

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–Bueno, ermitaño -le dijo Lupin-. La cosa no ha durado demasiado, ¿verdad? Veinticuatro horas, a lo sumo… ¡Qué bien he trabajado por cuenta tuya! Imagínate que acabas de salvarle la vida al emperador. Eso es la fortuna. Van a construirte una catedral y levantarte una estatua…, hasta el día en que te maldecirán… Los individuos de esta clase pueden hacer tanto daño…, sobre todo aquellos a quienes el orgullo acabará por hacerles perder la cabeza. Escucha, ermitaño, toma tus hábitos.

Desconcertado, casi muerto de hambre, el ermitaño se irguió, titubeante.

Lupin volvió a vestirse sus ropas con rapidez, y le dijo:

–Adiós, digno anciano. Perdóname por todas estas molestias. Y reza por mí. Voy a necesitarlo. La eternidad me abre sus puertas de par en par. Adiós.

Permaneció unos instantes en el umbral de la capilla. Era el instante solemne en que, a pesar de todo, se duda ante un terrible desenlace. Pero su resolución era irrevocable, y, sin reflexionar más, se lanzó pendiente abajo corriendo, cruzó la plataforma del Salto de Tiverio y cabalgó sobre la balaustrada.


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