Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Ascendió por el sendero que conducía a la capilla y se detuvo ante el lugar de donde se había desprendido la roca.
Se echó a reír.
–La obra fue bien realizada y los oficiales de su majestad no vieron más que fuego. Más ¿cómo hubieran podido adivinar que fui yo mismo quien excavó esta roca, quien en el último instante di el golpe de pico definitivo y la roca rodó, siguiendo el camino que yo había trazado entre ella… y el emperador?
Suspiró:
–¡Ah, Lupin, qué complicado eres! Y todo eso porque habías jurado que esta majestad te daría la mano. ¿Y qué has sacado con todo ello? «La mano de un emperador no tiene más de cinco dedos», como dijo Víctor Hugo.
Entró en la capilla y con una llave especial abrió la puerta baja de una pequeña sacristía.
Sobre un montón de paja yacía un hombre con las manos y los pies atados y una mordaza en la boca.