Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin A su lado, cerca de la ventana abierta, asomando sobre el patio, dos endiablados suboficiales parlotean en un francés ronco, mezclado de expresiones germánicas.
La puerta se abre. Alguien entra. Un hombre delgado, de talla media, elegantemente vestido.
El ayudante se pone en pie, de mal humor contra el intruso, y gruñe:
–¡Oh!, ¿qué demonios hace el centinela?… Y usted; señor, ¿qué quiere?
–Prestar servicio.
Lo dijo con claridad, imperativamente.
Los dos suboficiales rieron burlones. El hombre los miró de reojo.