Los tres crimenes de Arsene Lupin

Los tres crimenes de Arsene Lupin

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Se trataba de la tarea que había aceptado y a la que se entregaba todos los días en virtud de que los detenidos en la prisión tenían derecho a escoger la clase de trabajo que les agradase: pegar sobres, confeccionar abanicos de papel, hacer bolsas de metal, etc.

De este modo, al propio tiempo que ocupaba sus manos en un ejercicio maquinal y que distendía sus músculos por medio de flexiones mecánicas, Lupin no dejaba de meditar en sus asuntos.

Escuchó el crujido de los cerrojos y el ruido de la cerradura… -¡Ah, es usted, mi excelente carcelero! ¿Se trata, acaso, del aseo supremo, del corte de pelo que precede al gran corte final de la guillotina?

–No -dijo el hombre.

–¿Se trata, entonces, de la instrucción del sumario? ¿El paseo al Palacio de Justicia? Me sorprende, pues el bueno del señor Formerie me advirtió últimamente que de ahora en adelante, y por prudencia, me interrogaría en mi propia celda… Lo que, confieso, obstaculiza mis planes.


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