Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –Es una visita para usted -dijo el hombre con tono lacónico.
«Ya está», pensó Lupin.
Y luego, dirigiéndose al locutorio, se dijo:
«Maldita sea. Si se trata de quien yo creo, soy un tipo magistral. En cuatro dÃas, y desde el fondo de mi calabozo, haber puesto en marcha todo este asunto, constituye un golpe maestro.»
Provistos de un permiso en toda regla, firmado por el director de la primera división de la Prefectura de PolicÃa, los visitantes son introducidos en las estrechas celdas que sirven de locutorio. Estas celdas, cortadas en medio por dos enrejados, dejan entre éstos un espacio vacÃo de cincuenta centÃmetros y tienen dos puertas que dan a dos pasillos diferentes. El detenido entra por una puerta y el visitante por otra. No pueden, por tanto, ni tocarse, ni hablar en voz baja, ni realizar entre ellos el mÃnimo intercambio de objetos. Además, en ciertos casos, puede asistir un guardia a la entrevista.
En el presente caso fue el jefe de los carceleros quien tuvo ese honor.