Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –¿Quién diablos ha tenido autorización para visitarme? – exclamó Lupin al entrar-. Porque, en realidad, no es éste el dÃa en que recibo visitas.
Mientras el carcelero cerraba la puerta, se acercó al enrejado y examinó a la persona que se encontraba detrás de la otra reja y cuyos rasgos se distinguÃan sólo confusamente en la semioscuridad.
–¡Ah! – exclamó con alegrÃa-. Es usted, señor Stripani. ¡Qué feliz casualidad!
–SÃ, soy yo, mi querido prÃncipe.
–No, nada de tÃtulos, se lo suplico, querido señor. Aquà he renunciado a esos rasgos de la vanidad humana. Llámeme usted Lupin, que se ajusta más a esta situación.
–Bien quisiera, pero ha sido al prÃncipe Semine a quien yo conocÃ, y es el prÃncipe Semine quien me ha salvado de la miseria y me ha otorgado la felicidad y la fortuna, y usted debe comprender que para mà usted continuará siendo siempre el prÃncipe Semine.