El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo »
La venta «La Torre del Homenaje» no tenía buen aspecto, pero me gustan esas casuchas de vigas ennegrecidas por el tiempo y el humo del hogar, esas ventas de la época de las diligencias, construcciones bamboleantes que pronto no serán más que un recuerdo. Ellas se apegan al pasado, están unidas a la historia, continúan algo y recuerdan los viejos cuentos de la Carretera, cuando había aventuras en la carretera.
Vi en seguida que la venta «La Torre del Homenaje» tenía dos siglos bien contados y quizá más. Chinarros y cascotes se habían desprendido aquí y allá de la fuerte armadura de madera, cuyas X y V seguían soportando gallardamente el vetusto tejado. Éste se había deslizado ligeramente sobre sus puntos de apoyo como se desliza la gorra por la frente de un borracho. Encima de la puerta de entrada, un rótulo de hierro gemía con el viento de otoño. Un artista del lugar había pintado una especie de torre coronada por un tejado puntiagudo y una linterna como se veían en el castillo del Glandier. Bajo ese letrero, en el umbral, un hombre de cara bastante hosca parecía sumido en sombríos pensamientos, a juzgar por las arrugas de su frente y el arisco acercamiento de sus cejas espesas.
