El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo E hicieron entrar al señor Joseph Rouletabille. Lo conocí en el tren que nos llevó aquella mañana a Epinay-sur-Orge. Se introdujo, casi a pesar mío, en nuestro compartimiento, y prefiero decir ahora mismo que sus modales, su desenvoltura y la pretensión que parecía tener de comprender algo en un caso donde la justicia no comprendía nada, me hicieron cogerle ojeriza. No me gustan los periodistas. Son mentes embrollonas y emprendedoras, de las que hay que huir como de la peste. Esta clase de gente se cree que todo está permitido y no respeta nada. Cuando tiene uno la desgracia de concederles cualquier cosa y dejarles que se acerquen, se siente en seguida desbordado y no hay disgusto que no se deba temer. Éste apenas aparentaba unos veinte años y la desfachatez con que se había atrevido a interrogarnos y a charlar con nosotros me lo habían hecho odioso. Además, tenía una forma de expresarse que testificaba que se burlaba escandalosamente de nosotros. Sé muy bien que el periódico L’Epoque es un órgano influyente con el cual hay que saber «contemporizar», pero también ese periódico haría bien no cogiendo redactores de teta.
Así pues, el señor Joseph Rouletabille entró en el laboratorio, nos saludó y aguardó a que el señor Marquet le pidiera que se explicase.
—Usted pretende, señor —dijo éste—, que conoce el móvil del crimen y que ese móvil, contra toda evidencia, sería el robo.