El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Agarro la escalera y henos otra vez en marcha hacia la parte trasera del castillo. La ventana del cuarto sigue entreabierta; las cortinas están corridas, pero no se unen; dejan pasar un rayo de luz que viene a extenderse sobre el césped a mis pies. Pongo la escalera debajo de la ventana. Estoy casi seguro de no haber hecho ningún ruido. «Y mientras el tío Jacques se queda al pie de la escalera», yo trepo por la escalera, despacio, muy despacio, con el garrote en la mano. Contengo la respiración; levanto y poso los pies con infinitas precauciones. De repente, un nubarrón y otro chubasco. Suerte. Pero, de pronto, el grito siniestro del «Animalito de Dios» me detiene en medio de mi ascensión. Tengo la sensación de que acaban de dar ese grito a unos metros detrás de mí. ¡Si ese grito fuera una señal! ¡Si algún cómplice del hombre me hubiera visto en la escalera! ¡Quizá ese grito llame al hombre a la ventana! ¡Quizá…! ¡Maldición! «¡El hombre está a la ventana! Siento su cabeza encima de mí; oigo su aliento». Y yo no puedo mirarlo. ¡El menor movimiento de mi cabeza y estoy perdido! ¿Me verá? ¿Bajará la cabeza en medio de la noche? ¡No!… Se va… No ha visto nada… Más que oírlo, lo siento andar con tiento por la habitación, y sigo trepando unos pasos. Mi cabeza está a la altura de la piedra del antepecho de la ventana; mi frente rebasa la piedra; mis ojos entre las cortinas ven.


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