El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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»Le pregunté si esa voluntad más fuerte que la suya era la de la señorita Stangerson; me juró que no y que él había tomado la decisión de irse al margen de toda instrucción de la señorita Stangerson. En una palabra, me repitió que no veía la posibilidad de un nuevo atentado más que por la extraordinaria coincidencia que había notado «y que, por lo demás, le había hecho notar el juez de instrucción».

»—Si le sucede algo a la señorita Stangerson —dijo—, será terrible para ella y para mí; para ella, que una vez más estará entre la vida y la muerte; para mí, que no podré defenderla en caso de ataque y que, después, me veré en la necesidad de no decir dónde pasé la noche. Ahora bien, me doy perfecta cuenta de las sospechas que pesan sobre mí. El juez de instrucción y Frédéric Larsan (este último me siguió la pista la última vez que fui a París, y me costó todo el trabajo del mundo librarme de él) están a dos dedos de creerme culpable.

»—¿Por qué no me dice el nombre del asesino —exclamé de repente—, puesto que lo conoce?

»El señor Darzac pareció extremadamente confuso por mi vacilación. Me replicó con voz vacilante:

»—¿Yo? ¿Que yo conozco el nombre del asesino? ¿Quién me lo habría dicho?

»Repliqué en seguida:

»—La señorita Stangerson.


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