El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo »El pobre hombre —prosiguió Rouletabille— me respondía como podía, con rodeos y vacilaciones. Sufría. Me dio lástima, tanto más cuanto que me daba perfectamente cuenta de que se dejaría matar antes que decirme quién era el asesino, del mismo modo que la señorita Stangerson se dejaría asesinar antes que denunciar al hombre del «Cuarto Amarillo» y de la «galería inexplicable». El hombre la tiene en su poder, o debe de tenerlos a los dos, de una forma terrible, «y no deben de temer nada tanto como ver al señor Stangerson enterarse de que su hija está “en poder” del asesino». Di a entender al señor Darzac que se había explicado suficientemente y que podía callar puesto que no podía decirme nada más. Le prometí vigilar y no acostarme en toda la noche. Insistió para que organizara una verdadera barrera infranqueable en torno a la habitación de la señorita Stangerson, en torno al gabinete donde dormían las dos enfermeras y en torno al salón donde dormía, desde el suceso de la «galería inexplicable», el señor Stangerson; en una palabra, en tomo a los aposentos. No sólo comprendí, ante la insistencia del señor Darzac, que me pedía hacer imposible la entrada a la habitación de la señorita Stangerson, sino hacerla tan «visiblemente» imposible que el hombre fuera repelido en seguida y desapareciera sin dejar huella. Así me expliqué para mis adentros la frase final con que se despidió de mí: