El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¿Se acuerda de mÃ, señor? —preguntó Rouletabille al gentlemán.
—Perfectamente —respondió Arthur Ranee—. He reconocido en usted al chico del buffet. (Rostro encendido de cólera de Rouletabille ante el tratamiento de chico). Y he bajado de mi habitación para venir a estrecharle la mano. Es usted un chico simpático.
Mano tendida del americano; Rouletabille desfrunce el ceño, le estrecha la mano riendo, me presenta, presenta a Arthur William Ranee, lo invita a compartir nuestra comida.
—No, gracias. Como con el señor Stangerson.
Arthur Ranee habla perfectamente nuestra lengua, casi sin acento.
—CreÃa que no tendrÃa el gusto de volver a verlo. ¿No iba a abandonar nuestro paÃs al dÃa siguiente o a los dos dÃas de la recepción en el ElÃseo?
Rouletabille y yo, aparentemente indiferentes a esta conversación fortuita, prestamos un oÃdo muy atento a «cada palabra del americano».
La faz afeitada y violácea, sus pesados párpados, algunos tics nerviosos, todo indica, todo denuncia al alcohólico. ¿Cómo este triste individuo es el comensal del señor Stangerson? ¿Cómo puede intimar con el ilustre profesor?
