El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Bueno, le diré que no creo mucho en los asesinos que escapan por las paredes. Para mà que el tÃo Jacques se equivocó al dejar detrás de él el arma del crimen y, como vive encima del cuarto de la señorita Stangerson, la operación arquitectónica a la que se va a dedicar hoy el juez de instrucción va a darnos la clave del enigma, y no tardaremos en saber por qué trampa natural o por qué puerta secreta pudo el buen señor deslizarse para volver inmediatamente al laboratorio, al lado del señor Stangerson, que no se percatarÃa de nada. ¿Qué le voy a decir yo? ¡Es una hipótesis!…
Rouletabille se sentó en un sillón, encendió su pipa, que nunca abandonaba, fumó unos instantes en silencio, tiempo sin duda de calmar la fiebre que visiblemente lo dominaba, y luego me despreció:
—Jovencito —exclamó en un tono cuya deplorable ironÃa no intentaré reproducir—, jovencito… Usted es abogado, y no dudo de su talento para hacer absolver a los culpables; pero si un dÃa llega a ser magistrado instructor, ¡qué fácil le resultará hacer condenar a los inocentes!… Usted tiene realmente dotes, jovencito.
Dicho esto, fumó con energÃa y prosiguió: