El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Hubo un alboroto terrible. Se oyeron gritos de mujeres que no se encontraban bien. No hubo ninguna consideración para con «la majestad de la justicia». Fue un revuelo insensato. Todo el mundo quería ver a Joseph Rouletabille. El presidente gritó que iba a mandar despejar la sala, pero nadie lo oyó. Entre tanto, Rouletabille saltó por encima de la balaustrada que lo separaba del público sentado, se abrió camino a fuerza de codazos, llegó al lado de su director, al que abrazó con efusión, le quitó «su» carta de las manos, la deslizó en su bolsillo, penetró en la parte reservada de la sala y llegó así hasta la barra de los testigos, empujado, empujando, el rostro sonriente, feliz, bola escarlata iluminada aún más por la chispa inteligente de sus dos grandes ojos redondos. Traía aquel traje inglés que le había visto la mañana de su partida —¡pero en qué estado, Dios mío!—, el abrigo al brazo y la visera de viaje en la mano. Y dijo:
—Le pido perdón, señor presidente: el transatlántico ha llegado con retraso. Vengo de América. ¡Soy Joseph Rouletabille!…
Rompimos a reír. Todo el mundo estaba contento con la llegada del muchacho. Parecía que a todas las conciencias se les había quitado de encima un peso inmenso. Respiramos. Teníamos la certeza de que realmente traía la verdad…, de que iba a dar a conocer la verdad…
