El Misterio del cuarto amarillo

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Capítulo 6 - Al fondo del encinar

Llegamos al castillo. La vieja torre del homenaje se unía a la parte del edificio completamente reconstruida bajo el reinado de Luis XIV mediante otro cuerpo de edificio moderno, estilo Viollet-le-Duc, donde se encontraba la entrada principal. Nunca había visto hasta entonces nada tan original, ni quizá tan feo, ni, sobre todo, tan extraño en arquitectura como aquel raro conjunto de estilos disparatados. Era monstruoso y cautivador. Al acercarnos, vimos dos gendarmes que se paseaban delante de una pequeña puerta que daba a la planta baja de la torre del homenaje. Pronto supimos que en la planta baja, antiguamente cárcel y ahora cuarto trastero, habían encerrado a los porteros, el señor y la señora Bernier.

Robert Darzac nos hizo entrar en la parte moderna del castillo a través de una ancha puerta protegida por una «marquesina». Rouletabille, que había confiado el caballo y el cabriolé a los cuidados de un criado, no quitaba los ojos de encima al señor Darzac; seguí su mirada, y me di cuenta de que iba dirigida únicamente hacia las manos enguantadas del profesor de la Sorbona. Cuando estuvimos en un pequeño salón lleno de muebles anticuados, el señor Darzac se volvió hacia Rouletabille y le preguntó de una forma bastante brusca:

—¡Hable! ¿Qué quiere usted?

El reportero contestó con la misma brusquedad:

—¡Estrechar su mano!


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