La maquina de asesinar

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Y como Bessiéres callara y continuara de pie, el otro comprendió que la entrevista había terminado.

—Le dejo mi dirección, señor director, para si por casualidad necesita de mí…

—Ya tendrá noticias —repuso Bessiéres—. Para nosotros es cuestión de poca monta devolverle la posesión del auto y de los quince mil francos…

Lavieuville saludó y se fue, disimulando con una sonrisilla forzada el descontento que le había producido la acogida. Lo esperaba todo, menos aquella ironía glacial bajo la cual entrevela un pensamiento singularmente hostil.

En cuanto se cerró la puerta tras Lavieuville, prorrumpió Bessiéres avanzando hacia Lebouc, que no se había movido de su mesa, en la que tomaba notas apresuradamente:





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