La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —¡No, no me pillarán los dedos esos señores de los Tribunales, que han urdido todo esto para que no quede en ridÃculo la Justicia!… Y para ello no vacilan en recurrir a los mayores absurdos… ¡Es la eterna canción!… Es la canción que quiere salvar lo que de otro modo estarÃa naufragado y bien naufragado… Gassier, con esa paparrucha del autómata, me resulta un imbécil… ¿Y dice que el muñeco está mudo?… ¿Qué ha de estarlo?… Por el contrario, grita: «¡No se metan ustedes con la Justicia!… ¡No se metan con…!». Y mientras tanto, se quiere sacrificar a los que forman parte de la policÃa…
—Eso es —asintió Lebouc.
—¿Por qué se les ocurre inventar un autómata?… ¿No tienen bastante con nosotros, a quienes tiran de los hilos como si fuéramos papeles?… Pero ¡ya me he cansado!… Y ¡qué cuidado tenÃa ese mayordomo en sentar por delante la afirmación de que la Justicia no habÃa condenado a un inocente!… ¡Como si la Justicia no pudiera condenar a un inocente!… Yo no tengo la culpa de que ocurra eso… ¡Bastante hago cumpliendo con mi deber!… Me limito a aportar datos; las demás responsabilidades serán para los otros… Le juro, Lebouc, que no será la Seguridad General la que resucite a Benito Masson… Si quieren resucitar muertos, que los resuciten ellos… ¿No le parece, Lebouc?…
—¿Qué me ha de parecer?