La maquina de asesinar

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XII LA CAPITAL SE AGITA

Aquel artículo se publicó un domingo por la mañana. ¡Qué domingo para los habitantes de la Íle-Saint-Louis! ¡Ni la invasión de los bárbaros!… ¡Nunca se había visto tanta animación en las riberas desde el sitio de la ciudad por los normandos!… Claro está que nos remontamos un poco lejos; pero ¿dónde encontrar términos de comparación?

El vulgo, desde las once, se hallaba en la calle del Santísimo Sacramento, sacudía la puerta del relojero, invadía el almacén de Birouste, asaltaba la tienda de la señorita Barescat.

Y es que París, desde las primeras horas de la mañana, había sido inundado de ediciones especiales… Al principio, una vez pasado el primer movimiento de estupor, la gente no se había podido mirar sin reírse. Se afectaba creer en alguna formidable patraña, en una nueva forma de la «serpiente de mar». A las nueve lanzaba La Época su segunda edición, en que aludía claramente a los servicios de la Seguridad General, con gran desesperación de Bessiéres, el cual se preguntaba rabiosamente quién era el traidor que tan bien había podido informar a un diario (frecuentemente hostil) sobre lo ocurrido la víspera, y la necesidad en que ahora se hallaba de proceder, en aquel asunto fantástico, en la forma empleada para las indagaciones ordinarias.


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