La maquina de asesinar
La maquina de asesinar La circulación del suero se establecía mediante un mecanismo de sifón. Luego el suero pasaría por una tubería deslizada en una resistencia (ya sabe usted lo que en electricidad se llama «resistencia»), mantenida a una temperatura constante de 37 grados, por medio de un interruptor.
El suero en circulación se limpiaría mecánicamente mediante un chapuceo parecido al chapuceo por la cal.
Es una cosa tan sencilla y tan formidable como todo lo genial.
El suero Rockefeller fue sometido por nuestros inventores a un tratamiento particular por el radio, o, mejor dicho, por residuos de radio (causa de ruina para los desgraciados, que hubieron de dar sus últimos cincuenta mil francos por cincuenta miligramos de esos residuos). Así, el autómata dispuso de una fuerza sobrehumana. Además, el autómata ve y oye como usted y como yo, aunque no habla porque los inventores han renunciado, por ahora, a dotarle de una voz que tal vez le hiciera un poco ridículo.
Ya sabe usted, pues, todo lo que yo sé, entreveo o adivino. Sería gratuito o peligroso decir nada más mientras no tengamos en nuestras manos la obra o el cuaderno de trabajo de Jaime Cotentin.
El profesor Thuillier se levantó.