La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —He aquí el sistema de ello, tal como he podido comprenderlo en virtud de mis indagaciones, forzosamente restringidas, y de las palabras del relojero. El cerebro no ha sido más que el coronamiento de la obra. Cuando llegó el cerebro, ya estaba a punto todo lo demás. Las piezas del autómata estaban revestidas de la red de nervios necesaria para la transmisión del movimiento; la columna vertebral artificial, de la que he podido recoger algunos restos de apófisis, estaba provista de su médula; todo estaba preparado y conservado en el suero Rockefeller.
Un sistema de mechas algodonaba, por decirlo así, la parte fisiológica del autómata, y se deslizaba por la región subcutánea. También la piel era artificial, y, según he podido ver estudiando los residuos, hecha con una especie de pergamino aterciopelado, muy flexible y muy suave… Todas las mechas estaban humedecidas por el suero Rockefeller, que conservaba la vida a los tejidos y mantenía bajo la seda aterciopelada una temperatura siempre igual…
Con ello llegamos al problema de la circulación. Y he aquí cómo supongo que lo resolvería Jaime Cotentin.